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Alguien tocó con insistencia el claxon de un auto desde la calle. Ralf abrió un ojo farfullando una maldición. La cálida luz de la mañana entraba a través de las rendijas de la ventana. Se tapó la cabeza con la sábana en un vano intento de prologar sus horas de descanso pero ya era tarde. Recuerdos fugaces de la noche anterior asaltaban su mente sin dejarle conciliar de nuevo el sueño. Dio un par de vueltas intentando encontrar la posición ideal sin conseguirlo.

A los diez minutos, cansado de dar vueltas, hizo un gran estiramiento y se incorporó. Al momento lo lamentó, un intenso dolor de cabeza hizo que instintivamente se la sujetara con ambas manos, recordó que la noche anterior se había pasado con el JB. Sin duda no aguantaba la bebida como antes. Echó un vistazo al pequeño despertador digital que parpadeaba sobre la mesita. Las doce y media. Por suerte este sábado tenía libre y podría ir a la playa, recordaba que una de sus amigas le había remarcado lo blanco que estaba.

Se puso en pié buscando las zapatillas con la mirada y se dirigió hacia el frigorífico. Abrió la puerta y buscó con ansia en su interior. El rápido vistazo tuvo su recompensa, una lata de Heineken aparecía solitaria en uno de los estantes. La agarró y tiró de la anilla. Paladeó lentamente el refrescante líquido dorado mientras cerraba la puerta del frigorífico y depositaba la lata abierta en una repisa.

Avanzó hacia el armario y tiró de uno de los cajones. Encontró el bañador a la izquierda, donde recordaba. Lo cogió y se acercó a la taza del váter. Quedó sorprendido ante la cantidad de orina que había estado reteniendo. Esperó pacientemente a que su vejiga se vaciase y luego se puso el bañador.

Se miró en el espejo. Su juventud estaba pasando más rápido de lo que imaginaba. Se pasó la mano por la incipiente barba y comprobó las canas que empezaban a apuntar entre el resto de puntitos negros de su cara. Sus veintinueve años parecían la antesala de la decadencia. Se pasó los dedos por la cabeza apartando el pelo de su frente y observó posibles indicios de arrugas. Había oído que los hombres con canas ligaban más, ojala fuera cierto, así no habría pasado la noche solo.

Acabó de vestirse, cogió una toalla y salió de su apartamento. Bajó las escaleras y salió a la calle. ¿Dónde demonios había aparcado el Smart? Tardó varios minutos hasta que dio con él. La resaca no le dejaba pensar con claridad.

Empezó a conducir por entre los coches. Había olvidado lo difícil que era abrirse camino hasta la carretera de la playa. Desde el año pasado no había vuelto a ver el mar. Siempre absorto en el trabajo de su aburrida oficina, el tiempo había pasado con monótona rapidez, y hasta la noche anterior no se había percatado de la llegada del verano. Tomaría el primer baño de la temporada. Alcanzó la carretera que bordeaba la costa y decidió dirigirse hacia una pequeña cala de arena que quedaba oculta desde la carretera.

Aparcó el coche en una suave curva de la que partía un estrecho sendero que bajaba hasta la arena. Empezó a descender pertrechado con su estridente toalla a rayas y sonrió al ver que la  calita se encontraba desierta.

Extendió la toalla y comprobó de nuevo que no había nadie alrededor. Decidió desnudarse completamente y darse un chapuzón. Corrió los pocos metros que le separaban del agua hundiendo los pies en la fina arena, que ya empezaba a estar caliente. Decidió no pensárselo dos veces y se lanzó al agua.

La fuerte impresión que le produjo el contacto con el agua fría le cortó la respiración por un instante. De un par de zancadas regresó a la arena y decidió secarse al sol.

La temperatura del aire rondaría los treinta grados y el cielo estaba despejado. Se tumbó boca arriba para que la cálida brisa secara su cuerpo. Pensó en su Ipod, que lástima no haberlo traído. Se dio la vuelta y se colocó boca abajo, ladeando la cabeza sobre la toalla, con la mirada perdida. Aquello era vida, y no lo que había hecho la noche anterior.

Al principio estaba pendiente del sendero por si alguien aparecía para cubrir rápidamente su desnudez, pero el cansancio de la noche seguía latente en su cuerpo y empezó a relajarse cerrando los ojos a intervalos cada vez más largos. El murmullo de las olas se mezclaba con el leve ruido que producía la fina arena movida por la alegre brisa. Movió un poco su cuerpo para asentarlo mejor sobre la dorada arena y escuchó el ruido de los diminutos granos al acomodarse al peso de su cuerpo.

Le pareció escuchar un leve crujido de la arena junto a él y abrió los ojos. No había nadie. Recordó un artículo que leyó en el Muy Interesante hacía un par de años. Trataba a cerca de los microorganismos carroñeros que habitaban en la arena. Recordaba vagamente las fotografías del microscopio electrónico. Diminutos seres monstruosos cobraban vida bajo la atenta mirada de los científicos. Se entretuvo mirando los granos que tenía cerca. Aquella era una cala muy limpia. Ojala todas las playas de la provincia estuvieran tan bien conservadas.

El cansancio pudo finalmente con Ralf y cayó en un profundo sueño alentado por el murmullo del mar y la cálida brisa.

Caía la tarde cuando despertó. El tiempo había refrescado. Durante su larga siesta se había dado la vuelta y volvía a estar boca arriba. Fue a incorporarse pero notó que sus brazos no le obedecían. Seguramente se le habrían quedado dormidos por una mala posición. Se sentía extraño, la suave brisa había perdido intensidad pero la notaba de forma diferente, era como si el aire penetrara suavemente por el interior de su cuerpo. Decidió cerrar de nuevo los ojos y disfrutar de aquella sensación mientras sus brazos se desentumecían.

Abrió los ojos de nuevo y se notó terriblemente pesado, intentó levantar de nuevo las manos para apartar los pequeños granos de arena que la brisa había estado arrojando todo el tiempo contra su cuerpo pero tampoco fue capaz esta vez, aunque no le importó, ya no le molestaban. Se movió un poco más para acomodarse nuevamente sobre la arena notando de nuevo el murmullo de las pequeñas partículas al moverse. Sonaban distintas, como si estuvieran dentro de él. Le hizo gracia aquel ridículo pensamiento y volvió a cerrar los ojos. Estaba tan cansado.

El sol de poniente estaba a punto de desaparecer cuando abrió los ojos de nuevo. Había estado durmiendo desde el medio día. Iba a levantarse pero un pensamiento nuevo lo retuvo. La brisa lo desplazaba sobre la calita mientras las suaves olas zarandeaban sus pies, llevándolos hacia el mar y regresándolos de nuevo a tierra firme. Pensó en el trabajo, en el coche que había dejado arriba. Volvió la cabeza a su izquierda y comprobó como la toalla se encontraba a un par de palmos de él. Quiso cogerla con movimientos ondulantes y pronto comprobó con satisfacción que su mano empezaba a cubrir la toalla.

Una ráfaga de aire algo más fuerte atrajo su atención y Ralf disfrutó del suave movimiento de los granos de su cuerpo. Qué sensación tan extraña, los granos de arena que le acababan de caer en la cara no le habían molestado lo más mínimo. Intentó pensar pero sus pensamientos se movían al igual que los pequeños granos.

Por un momento pensó que divagaba. Se le había ocurrido la absurda idea de que tenía un trabajo en una ciudad. Si los otros montones de arena fueran conscientes de esos absurdos pensamientos, seguro que lo apartarían de la calita abandonándolo a su suerte.

Cerró los ojos de nuevo. ¿Ojos? Qué disparate, ¿desde cuándo la arena tiene ojos?

Una pareja de jóvenes bajó hasta la recogida cala aprovechando la intimidad de las sombras que empezaban dominar el lugar.

—Mira Juan, alguien se ha dejado la toalla. —Señaló la chica mientras se quitaba la camiseta.

—Si, y se ha dedicado a hacer una gran montón de arena a su lado. —El muchacho no perdió el tiempo y se empezó a desnudar.

—Parece la figura de una persona.

—Déjate de bobadas y tumbémonos sobre la toalla, hay que aprovechar.

©Xisco Bonilla 2010

Blog «Pensamientos Fugaces»