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Beatriz no salía de su asombro. —Todavía no me puedo creer que te hayas gastado ese dineral en un robot doméstico.—Un atisbo de envidia envenenaba su comentario mientras repasaba con curiosidad la fisionomía de la máquina que tenía delante.

—Me lo he regalado por mi cumpleaños —se justificó Clara —me lo merezco, además es la única manera de mantener la casa limpia y no depender de nadie.

—¿Y no te da miedo? —Beatriz no le quitaba ojo de encima. El androide tenía las facciones humanas muy bien conseguidas.

Se trataba de un robot doméstico de tercera generación. Los primeros, en la segunda década de XXI habían sido máquinas amorfas con diferentes programas de limpieza. Los de la segunda generación recordaban bastante a las primeras pruebas de robots japoneses de principios de siglo, tipo Asimo, aunque más perfeccionados y a precios exorbitantes. Los de la tercera, por el contrario, estaban suponiendo una verdadera revolución. Las nuevas siliconas, dotadas de una red de sensores dignos de un sistema nervioso animal, les conferían una fisonomía muy similar a la humana.

—¿Qué es capaz de hacer?

—Casi de todo. El software que lleva integrado le permite realizar todas las tareas de la casa, desde limpiar a hacer la compra online en función de mis gustos —dudó un momento antes de continuar —además lo puedes personalizar.

—¿Te refieres a que lo puedes escoger más guapo?

—Bueno, puedes elegir el sexo y el físico entre diferentes modelos del catalogo de Honda, eso es lo básico para que no lo puedas confundir en la calle con otro, pero además puedes escoger software especializado. —Sonrió picaronamente a su amiga.

—¿Me estás diciendo que te has comprado un vibrador con piernas? —Sugirió escandalizada. Volvió a mirar al androide, estaba a un par de metros, ajeno a la conversación, preparando el café. Los ojos de Beatriz intentaban percibir las formas humanas bajo el vestido del robot. —Siempre has sido algo ninfómana.

—¿Te apetecería verlo?

—Claro que no. —Respondió a la defensiva.

—Héctor, acércate. —El humanoide se aproximó hasta las dos mujeres. Su mirada, a través de cámaras que imitaban al iris, era inexpresiva, carente de emociones naturales como la sorpresa o el rubor.

—Desnúdate Héctor. —Susurró Clara mientras miraba de reojo la expresión de su amiga. El dispuesto robot empezó por quitarse la camiseta dejando al descubierto unos pectorales artificiales que serían la envidia de muchos hombres.

—Se nota que desde que dejaste a Paul no te has buscado pareja. —Pinchó Beatriz a su amiga sin dejar de mirar al robot. Héctor siguió desnudándose. —¡Dios mío! —Exclamó entonces Beatriz, sorprendida por los atributos de la máquina. —¿Es funcional?

—Completamente. —Le respondió Clara con voz convincente a sabiendas de que al día siguiente todas sus amigas lo sabrían. —Héctor, ahora puedes ir a lavar la ropa. —Beatriz quedó mirándole el culo mientras la máquina se marchaba a obedecer la orden.

—Es tan real. ¿Cuánto te ha costado?

—La verdad es que algo más que un buen coche, pero vale la pena. Piensa que es la pareja ideal, limpia, ordena, hace la compra, plancha, te escucha, te da placer y además cuando no lo necesitas lo guardas en el armario. ¿Qué novio has tenido que te tuviera todas esas ventajas? —Beatriz quedó pensativa.

—Pero no es una persona, es una máquina.

—Claro que es una máquina, pero te la garantizan por quince años. ¿Qué pareja conoces que dure quince años? Ya no estamos en la época de nuestros abuelos. Ya soy mayorcita para que alguien me haga las cuentas. Héctor me da la libertad de tener más tiempo libre para mí y poder gozar de su compañía cuando a mí me interesa.

—Ya, lo entiendo, pero nunca reaccionará como una persona. Me estás hablando de compartir tu vida con híbrido entre cafetera y vibrador. Nunca puede ser como una relación.

—No. No has entendido nada. —Insistió Clara algo contrariada —¿Cuántas de tus amigas viven solas?

—Todas. —Respondió Beatriz tras pensar un momento. —Y las que no, viven sólo con sus hijos, sin pareja.

—¿Lo ves? Al final llegarás a la misma conclusión que yo. Lo mejor es un androide y cuando quiera tener un hijo me haré una inseminación artificial y seguiré sin rendir cuentas a nadie ni discutir por lo que se cena o se hace al día siguiente. Al fin y al cabo, ¿Quién quiere un hombre?

©Xisco Bonilla 2011