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El silbato había dado ya la señal pero ella debía preservar su dignidad. Mantuvo el paso, sin correr, nadie podría decir que se marchaba corriendo de una ciudad que le había sido hostil desde el principio.

Cruzó la estación con elegancia y llegó hasta el andén. Al fondo seguía esperando su tren, su billete hacia una nueva vida lejos de ingratos recuerdos.

Sus tacones resonaban entre la gentecilla que parloteaba a su alrededor, unos esperando, otros despidiéndose.

El silbato volvió a sonar, el tren estaba ya a punto de partir. Aceleró el paso.

Un tacón se quebró y ella perdió el equilibrio cayendo ruidosamente junto a su equipaje.

Las risas de aquella ciudad se vengaron en sus oídos y un nuevo silbido avisó.

El tren partía.

©Francisco Bonilla 2010