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Sebastián se despertó sobresaltado. Abrió los ojos y tras unos instantes de desconcierto se percató de que se encontraba a salvo en su habitación. Un sudor frío lo empapaba. Miró a su izquierda, el lado de la cama que ocupaba su mujer permanecía vacío; un escalofrío recorrió su cuerpo. Se incorporó y buscó su bastón en la penumbra, lo asió y encendió la lamparilla. Miró el despertador, las seis de la mañana, todavía faltaban tres horas hasta que le dejaran verla.

Sus pies hinchados buscaron las zapatillas a cuadros bajo la cama y se dirigió renqueante hacia el cuarto de baño. Orinó y le pareció escuchar los reproches de su mujer indicándole que bajara la tapa. Sonrió y se miró en el espejo; era como si de pronto más arrugas surcaran su desgastada cara. Abrió el grifo de la bañera y dejó que el agua fría corriera alegre hasta el desagüe. Su mente retrocedió dos días atrás.

—Coge el caminador —le sugirió a su esposa —amenaza con ponerse a diluviar.

No hace falta, como mucho caerán cuatro gotas.—Respondió ella sin prestar atención a aquel artilugio pesado, feo e incómodo que sólo con verlo le recordaba que era más vieja de lo que se sentía. Cogió su bastón color caoba, una pieza ligera, sin ornamentos, sonrió al evocar el día en que su nieta se lo regaló.

Sebastián salió de la ducha agarrado a la barandilla de seguridad, se secó y se dispuso a vestirse. Abrió el segundo cajón de la cómoda y preparó la ropa interior, luego se acercó a su lado del armario y escogió una de sus camisas grises, a juego con el traje que llevaría. Se vistió despacio, cuidando cada detalle, a ella siempre le había gustado que fuera por la calle bien trajeado y esta vez no iba a ser menos; A fin de cuentas tenía tiempo de sobra, su hijo no pasaría a buscarle hasta las ocho.

—Sebastián, venga, que vamos a llegar tarde y sabes que a Margarita no le gusta esperar.

Ya voy. ¿Tienes las llaves? —Respondió su marido malhumorado.

Están en la puerta, date prisa que el ascensor está a punto de llegar. —El cogió las llaves y cerró la puerta.

—Al final te has salido con la tuya y has cogido el bastón. —Ella hizo caso omiso y le hizo un gesto de apremio para que entrara en el ascensor.

Las siete. Sebastián entró en la cocina, abrió la alhacena donde guardaba sus galletas pero cerró de nuevo la puerta sin coger nada y se sirvió un vaso de agua que se bebió sin sed, las malditas pastillas, cada vez más numerosas, se le quedaban atascadas a media garganta si no las tomaba con algún líquido. Apagó la luz de la cocina y se dirigió al recibidor, esperaría sentado en una de las sillas a que su hijo llegara.

—Buenos días. —Les saludó la portera.

Buenos días Laura, ¿está fregado? —Respondió Sebastián.

Todavía no, pueden pasar tranquilos. Esperaré a fregar más tarde, acaba de ponerse a llover y si friego ahora me quedará todo más sucio todavía. —La pareja asintió y avanzaron lentamente hacia la calle. El día estaba gris y gruesas gotas de agua impactaban contra el suelo.

Vaya cumpleaños más triste va a tener Margarita. —Comentó María mientras apoyaba el bastón en la acera empapada.

El tiempo no pasaba, las siete y veinte; Sebastián se llevó una mano a la sien y recordó de nuevo el aciago día. María resbaló, el bastón patinó sobre la acera y ella cayó sobre su lado derecho quedándose tendida en la acera mientras la tormenta de verano se hacía sentir con más fuerza. Con la ayuda de unos vecinos consiguieron sentarla sobre la acera, empapada y dolorida. La ambulancia llegó en cuestión de minutos y la postraron sobre una camilla, quejándose de dolor, mientras él se sentaba en el asiento del copiloto.

Un breve ataque de tos le sacó de sus pensamientos. Miró de nuevo el reloj, las siete y veinticinco. Todavía tenía que esperar algo más de media hora para que su hijo pasara a buscarlo.

El día anterior habían operado a María de la cadera. El médico dijo que la operación había sido laboriosa pero que había salido bien, ahora debían esperar a que se recuperase y saliese de la UCI. Recordó la cara de pánico de María cuando la subían en la ambulancia y una pequeña lágrima se deslizó por la mejilla de Sebastián cuando visualizó a su mujer, temerosa, de camino a la operación.

Sonó el teléfono. Las ocho menos veinte. Sebastián se levantó farfullando hasta el aparato, seguro que su hijo se iba a retrasar.

—¿Diga? —No era su hijo. —Sí, soy yo. Comprendo… vamos enseguida. —Sebastián colgó el teléfono mientras buscaba un apoyo. Su cara había palidecido y una fuerte congoja le oprimía el pecho.

Unas llaves entraron en la cerradura, pero Sebastián no las escuchó.

—Hola papá. —El joven tardó un momento en reconocer la figura de su padre sentado sobre el suelo. Dejó la bolsa que llevaba y corrió a su lado. —¿Estás bien? ¿Qué haces en el suelo? —La cara de su padre estaba desfigurada. Le miró a los ojos, anegados, con la mirada perdida en algún lugar diferente. —¿Qué ha pasado?

Sebastián reconoció la lejana voz de su hijo, tan lejana. Notó un pequeño zarandeo en su cuerpo y alzó la vista. La mirada preocupada que vio le hizo  regresar. —Han llamado del hospital. —Acertó a pronunciar mientras su hijo le ayudaba a ponerse en pie. —Mama… —No pudo continuar. Un nudo le atenazaba la garganta mientras sentía como su mundo, estable, sólido, inquebrantable, se había venido abajo por cuatro gotas de agua.

Xisco Bonilla © 2011